miércoles, 22 de octubre de 2014

Viajes (II) - Roma miente eternidad

Foto: Nora Spatola (2014). Coliseo, Roma
Si hay una ciudad en la tierra que puede mentir eternidad es Roma. Una ciudad que conserva edificios construidos hace unos dos mil años —el Coliseo, el Foro, el Panteón— puede justificar el lugar común de ser llamada eterna. Lo mismo podría decirse del otro lugar común que la define como un museo a cielo abierto, si a todo ello sumamos el Castel Sant'Angelo, la Ciudad del Vaticano y las esculturas de Bernini, por sólo citar unas pocas cosas. Pero un museo es más una colección de lo que sucedió que de lo que sucede. Eso pasa con Roma, tanta historia produce una extraordinaria sensación de vértigo, pero también la sensación de que ahí ya nada nuevo puede ocurrir.
En su eternidad todo convive: fragmentos de acueductos de la antigüedad con iglesias barrocas y edificios fascistas; jóvenes pudientes y arrogantes con mendigos que permanecen arrodillados de cara al piso durante horas; anacrónicos agentes de tránsito de impecables guantes blancos con inmigrantes africanos vendiendo bijouterie. Todo parece superponerse de forma caótica y a la vez muy colorida. De lo más entrañable, el distrito de Trastevere, donde abundan las calles sin salida, invita a sentarse en una trattoria de manteles cuadriculados a comer un plato de pasta regado con vino y rematado por un diminuto y concentradísimo espresso.
En más de un sentido estar en Roma es, para un porteño, un poco como estar en Buenos Aires: tránsito caótico, calles sucias, transporte público ineficiente y gente que habla en voz alta y gesticula copiosamente. Puede decirse que los porteños somos italianos que viven en Buenos Aires y hablan en español.
El río Tíber, que bien podría ser a Roma lo que el Sena es a París, cruza la ciudad, pero es casi como si no estuviera. Poca gente camina por sus muelles. Atravesado por algunos puentes antiguos y hermosos, incluido el llamado Ponte Rotto, que es la ruina del antiquísimo Ponte Emilio, su estado de abandono nos recuerda lejanamente a nuestros dos ríos ignorados, que nos avergüenzan por lo que son, o por lo que podrían ser y no son.
Con mucho más pasado que presente, sin Fellini, sin Marcello, sin Anita en la Fontana, Roma, mintiendo eternidad, sigue siendo una ciudad fascinante.

5 comentarios:

Federico Urteaga dijo...

No sé si hasta no me gustó más que el anterior. En cuanto a la lentitud de la que hablaste en tu comentario de "Volver a paris", ja, causa gracia leer eso ahora.
Saludos y felicitaciones.

Luis Colucci dijo...

Gracias, Federico. No sé si llego a entender del todo lo de la lentitud.

Luis Colucci dijo...

Con respecto a que soy lento para escribir, quiero decir que habitualmente no escribo tan seguido, pero también, como es el caso ahora, puede salir una seguidilla, tras la cual probablemente pasará un tiempo hasta el siguiente texto.
Por otro lado, nobleza obliga, la idea de Roma mintiendo eternidad surgió de acá: “Edimburgo o York o Santiago de Compostela pueden mentir eternidad; no así Buenos Aires, que hemos visto brotar de un modo esporádico, entre los huecos y los callejones de tierra.” ¿De quién? Claro, de Borges en su prólogo a Cuaderno San Martín, refiriéndose al poema Fundación Mítica De Buenos Aires.

Gonzalo Darío dijo...

Me gustó mucho; me sumo a las felicitaciones de mi querido Urteaga. Espero poder leer pronto más entradas como esta y su antecesora.

Luis Colucci dijo...

Grazie mile, Gonzalo. Va a haber más entradas o al menos hay una en proceso. Veremos cuán rápido está lista. Piaccere.